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Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es. Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro. 1 Juan 3:2, 3.

La esperanza de la vida futura es una parte esencial de nuestra fe cristiana. Cuando permitimos que las atracciones del mundo se interpongan entre el alma y Dios, lo único que podemos ver es el mundo... Mirad más alto, fijad el ojo de la fe en las cosas invisibles y seréis fuertes en la fortaleza divina.
Nuestra fe aumenta al mirar a Jesús, que es el centro de todo lo atractivo y hermoso. Cuanto más contemplamos lo celestial, tanto menos vemos cosas deseables o atractivas en lo terreno. Cuanto más continuamente fijamos el ojo de la fe en Cristo en quien están centradas nuestras esperanzas de vida eterna, tanto más crece nuestra fe; nuestra esperanza se fortalece, nuestro amor se hace más intenso y ferviente, con la claridad de nuestra mirada interior espiritual, y nuestra inteligencia espiritual aumenta. Nos damos cuenta cada vez más de la realidad del llamado de Dios a purificarnos a nosotros mismos de las costumbres y prácticas de un mundo que no conoce a Dios ni a Jesucristo a quien envió.

Cuanto más contemplamos a Cristo, hablamos de sus méritos y relatamos su poder, tanto más plenamente reflejaremos su imagen en nuestros propios caracteres y tanto menos someteremos nuestras mentes y afectos a las influencias paralizadoras del mundo. Cuanto más nuestra mente se espacie en Jesús, tanto menos nos envolverá la neblina de la duda. Carta 30, 1893.*5—E. L. C.

Seguir Lectura: En lugares celestiales.






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