viernes, 2 de octubre de 2015

La fuente de regocijo y felicidad


Llamados a ser representantes de Dios. 

Cap.: 13  

Los hijos de Dios están llamados a ser representantes 

de Cristo y a mostrar siempre la bondad y la misericordia 
del Señor. Como Jesús nos reveló el verdadero carácter 
del Padre, así tenemos que revelar a Cristo a un mundo 
que no conoce su ternura y piadoso amor. "De la manera 
que tú me enviaste a mí al mundo —decía Jesús—, así 
también yo los he enviado a ellos al mundo". "Yo en ellos, 
y tú en mí,... para que conozca el mundo que tú me 
enviaste" (S. Juan 17: 18, 23).  El apóstol Pablo dice a los 
discípulos de Jesús: "Sois manifiestamente una epístola de 
Cristo", "conocida y leída de todos los hombres" (2 
Corintios 3: 3, 2). En cada uno de sus hijos, Jesús envía 
una carta al mundo. Si sois discípulos de Cristo, él envía 
en vosotros una carta a la familia, al pueblo, a la calle 
donde vivís. Jesús que mora en vosotros, quiere hablar a 
los corazones que no lo conocen. Tal vez no leen la Biblia 
o no oyen la voz que les habla en sus páginas; no ven el 
amor de Dios en sus obras. Mas si eres un verdadero 
representante de Jesús, puede ser que por ti sean 
inducidos a conocer algo de su bondad y sean ganados 
para amarlo y servirlo. 
Los cristianos son como porta luces en el camino al 
cielo. Tienen que reflejar sobre el mundo la luz de 
Cristo que brilla sobre ellos. Su vida y su carácter deben 
ser tales que por ellos adquieran otros una idea justa de 
Cristo y de su servicio. 
Si representamos verdaderamente a Cristo, 
haremos que su servicio parezca atractivo, como es en realidad. 
Los cristianos que llenan su alma de amargura y tristeza, 
murmuraciones y quejas, están representando ante otros 
falsamente a Dios y la vida cristiana. Hacen creer que Dios 
no se complace en que sus hijos sean felices, y en esto 
dan falso testimonio contra nuestro Padre celestial. 
Satanás triunfa cuando puede inducir a los hijos de Dios 
a la incredulidad y al desaliento. Se regocija cuando nos ve 
desconfiar de Dios, dudando de su buena voluntad y de su 
poder para salvarnos. 

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  Camino a Cristo      
Elena G. White. 

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